MUJER DE ESPUMA Y ÁMBAR

Pepa Gandasegui
En ese momento en el que la tarde comienza a deslizarse hacia el crepúsculo la mujer caminaba ligera hacia el mar de Sada. Mientras, iba remetiendo su pelo rojizo dentro de un gorro de baño blanco que sujetaba debajo de la barbilla con una tira. Cuando llegaba a la orilla esperaba un momento antes de desaparecer en el agua amable y tranquila de la ría de Betanzos. las piernas como dos columnas de mármol tallado, el cuerpo en la funda de su bañador negro, los brazos en las caderas. Después, solo era un punto blanco que se desplazaba de un extremo a otro en el horizonte, hasta que venusianamente emergía del mar cómplice y bienhechor. El camino de vuelta lo hacia despacio, saboreando su bienestar, y liberando su pelo de la protección del casco de goma.

Cuando llegaba, mujer de espuma y ámbar, reía y su risa cantaba en la tarde. Una risa de soprano que brotaba de su garganta y de su cuerpo llenando el aire de contento. Una risa que se enredaba cuando hablaba, y hablaba mucho. El discurrir de su voz llegaba lleno de memorias, de diálogos, de observaciones. Su conversación, un tanto ausente, se entreveraba con el borboteo alado de sus risas cantarinas. Podía estar sujetando las cartas de una baraja, atenta al juego en el café de La Terraza, mover las manos mientras tricotaba, beber café con los codos apoyados en la mesa y el cuerpo adelantado, siempre hablaba y reía a la vez, trenzando las palabras y los sonidos alegres de su cuerpo como dos fluidos fieles ligados el uno en el otro..
En recuerdo de Adela Panisse

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