O Meirás de Pardo Bazán en dúas crónicas xornalísticas

 O nome de Meirás aparece de xeito recorrente na prensa de finais do século XIX e comezos do XX. Alí ten morada e espazo de traballo creativo Emilia Pardo Bazán e ata alí se achegan de cotío os xornalistas para falar con ela e coñecer o lugar. Reproducimos dúas das moitas reportaxes produto desas visitas. A primeira delas, cando a familia residía aínda na vella Granxa, a fortaleza do  século XIV reconvertida en pazo. A segunda, en plena construción das Torres de Meirás, o edificio deseñado pola propia Emilia e por Amalia de la Rúa, a súa nai.
A Granxa de Meirás co seu aspecto actual, logo das diversas reformas levadas a cabo no século XX | Fotografía de Carlos Babío
La Granja de Meirás
Una visita a Emilia Pardo Bazán

Por un estilo o por otro, es Galicia residencia predilecta para las personas de más importancia, mayor jerarquía, que la prefieren a otras comarcas y establecimientos balnearios de moda para pasar en ella la ardiente estación veraniega.

Algo más numerosa pudiera ser aún la falange de bañistas y agüistas que anualmente escogen a Galicia para punto de su temporal residencia, si mis paisanos -y perdónese la franqueza- no tratasen de poner en acción, con prejuicio del forastero, la conocida fábula de «La gallina de los huevos de oro».
Pero la belleza superior de la campiña gallega, las mismas rías de que está rodeada la provincia de Pontevedra, los extensos y ricos viñedos del Rivero de Aria, las empinadas y frescas montañas de Lugo, el cielo alegro y el turbulento mar de La Coruña, y aquellos paisajes soñadores donde tiene su asiento de espumas la mugidora cascada de Pabia, son incentivos demasiado tentadores para detenerse a reparar en detalles de mayor o menor importancia.
Por eso Mondariz se ha hecho el balneario precios para los estómagos descompuestos de personajes y personas de posición, talento, tintes nobiliarios y títulos de la denda; y por aquellos hoteles, por aquellas tupidas enramadas y por la fuente del Troncoso, han cruzado Infantes y Ministros de la Corona, inventores muy disentidos, poetas de vuelo de águila, músicos insignes, pintores celebrados y millonarios sin un céntimo de ilustración.

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No vienen solamente a Galicia ciertas eminencias a beber las aguas de sus termas y a verificar prodigios de natación entre las ondas de sus mareas: sienten, a la aproximación del otoño, perder de vista estos horizontes color de naranja y estos arenales de Villagarcía y Bayona.

Así se comprende que Ministros como Elduayen y Vega Armijo edifiquen los soberbios castillos de Monte-Real y Sotomayor, dominando el primero las embravecidas aguas de la Concheira, y enseñoreándose el segundo de los espesos bosques de castaños, que prestan sombra al río Verdugo, que corre muy hondo y muy silencioso; que, frente por frene de los Placeres, haya construido el insigne dramaturgo Echegaray un chalet tan elegante como poético, y tenga López Mora su Villa Manuela en las cercanías de Vigo; no son gallegos estos modernos propietarios y, sin embargo, no van al país natal a levantar el nido.

También algunas notabilidades que han visto la primera luz en Galicia, descansan en su lar durante el verano, cual acontece al erudito Marqués de Figueroa, en su histórica torre de Puentedeume, y a Emilia Pardo Bazán, la autora eminente de San Francisco, en su tranquila granja de Meirás.

Aprovechando su permanencia en ella, hícela gustoso una visita, pequeña muestra de la consideración que le debo por su leal amistad y por el buen juicio que en mis aficiones literarias la merezco.

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El camino a Meirás es alegre: a la derecha e izquierda de la carretera levántanse blancos caseríos amurallados, por detrás de las tapias asoman sus gigantes brazos los eucalyptus, sus ramas, cargadas de sabroso fruto, perales y manzanos.


En estos deliciosos oasis tienen sus residencias veraniegas familias tan conocidas en la buena sociedad coruñesa, como son las del Río, Marquina, Costales, Pieltaín, Sánchez Bra y Pardo González; casi puede asegurarse que todas viven tan íntimamente, que el ladrido del perro vigilante, despertaría curiosidad a la vez en unas y otras casitas de campo.

No busquéis en la solitaria granja donde descansa a medias la febril actividad de Emilia Pardo Bazán, el ancho lago con la barca de madera, las sombrías grutas de Lourizán, las flores con profusión y las calles enarenadas, resguardadas de los rayos del sol por rectas hiladas de álamos, que son tan frecuentes en los parques y alquerías francesas.

La granja de Meirás es un inmenso e irregular trozo de país gallego, con el bosque espeso, en el que crece la hierba a su albedrío; con las tierras de labranza siempre preparadas para que abra los surcos el vetusto arado que ha de arrastrar el buey perezoso; la ancha presa repleta de agua para el riego; el tentador pomar; el productivo molino; el monte accidentado, con sus olores a tojo y resina; el espacioso corral, en que viven en amigable fraternidad conejos y gallinas; el estanque, al que acuden en bandos numerosos las palomas blancas, azules y grises, ávidas de humedecer sus picos, llevándose de regreso al palomar la briza que flota sobre el agua; el invernadero, donde respiran gardenias y begonias, y se ahogan los que permanecen encerrados en aquella casa de cristal más de una hora, y por último, el jardincillo, con la taza de piedra en medio, y el surtidor derramando gotas de rocío sobre arbustos y flores aromáticas.
Esta es la granja de Meirás, dentro de cuya casa, que cuenta con más de un siglo de existencia, y cuyo aspecto y estructura son genuinamente gallegos, ve sucederse unos días a otros la primera mujer de la época presente, a la que también los primeros críticos de ahora han reconocido como sabia y única; y cuando el clarín del elogio suena desde tamañas alturas, es porque el valor real de la literata durará eternamente.

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Emilia Pardo Bazán no vive completamente aislada en granja tan grande: sin ser villa, torre, castillejo y chalet, y sí sencillamente una casa de aldea, hay comodidad suficiente y albergue cariñoso y hospitalario para el cazador fatigado que se pierde en los atajos de la montaña, o para el navegante de mar a quien se le echa la noche encima en las playas de Santa Cruz y Sada.

Dice la autora de Una cristiana, que en su casa cabe todo el mundo, y que no goza más que cuando la ve convertida en una inclusa.

Y no le faltaba razón aquella noche, pues la mayoría respetable estaba representada en la mesa por niños y gentes de poco pelo.

Deliciosa cena para ser envidiada por Muro y el Doctor Thebussem, que andan a caza de platos bien olientes y bien condimentados, siendo los de la cocina Pardo Bazán de puro sabor regional, por más que la ilustre cocinera no sea de las alucinadas en esa nueva comunión de gimoteadores.

Y debía a todos parecerles y saberles a gloria las tiernas judías, el dorado salmón, comprado en Sada, y las demás golosinas, porque no perdían, no perdíamos bocado, Jaime, Blanquita y Carmen, una niña de Linares Rivas, el polluelo de Pan y el seráfico D. Manuel Rubio, que, por su elevado ministerio, entraba en la categoría de inocente.

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Familia Pardo Bazán madruga en Meirás, y, a las ocho de la mañana, toma chocolate entre la verde enramada, en una plazoleta plantada de árboles frondosos y elevados.

Allí se hace tertulia, y allí he sabido que ni se duerme sobre sus laureles, ni su vida es la vida pastoril. Después de concluir su novela antropológica La piedra angular, ya prepara otra de efecto y sensación, que se llama Propiedad y familia, novela que ha de tener su desarrollo en una población gallega de importancia, con personajes y figurones que viven, sin duda, para perpetuo estudio de los talentos observadores.

Nada tendría de particular –pues Emilia se lamenta de su desaparición- que en plazo no remoto publique asimismo un estudio importante acerca del Arte Franciscano en España.

La autora de Pazos de Ulloa viene de tarde en tarde a Marineda, y por sus medias palabras y sus gestos algo transparentes, descúbrese un fondo de amargura, mezcla de indiferencia y de odio relativo a su pueblo natal.

Y acaso no proceda con ingratitud la afamada escritora, pues son más acerbos que los alfilerazos apasionados y personales del crítico los vientos contrarios y los epigramas bastardos a dama que tanto ennoblece y abrillanta con su talento superior el afortunado rincón en que nació.

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Era forzoso retornar a La Coruña, y una mañana diáfana, de horizontes puros y de sol radiante, en compañía también de la distinguida Condesa, bajo la salvaguardia de listo postillón, dejamos a Meirás y a su castellana dormida, y aún quizás planeando en sueños el asunto de otra próxima novela o de otro libro ameno y rico, como todo lo que sale de su pluma de oro.

Juan Neira Cancela

La Coruña, Agosto 1891

El Heraldo de Madrid, 21/08/1891

 

Crónicas veraniegas
Meirás

 

Daudet tenía su molino; un molino viejo y abandonado, cubierto hasta las aspas de hiedra y jazmines, con el suelo resquebrajado y esmaltado de hierba provenzal. Y encastillado en su molino, Daudet escribía sus cuentos maravillosamente delicados, haciéndolo famoso.

Galdós tiene su hotel de La Magdalena y en él firma sus admirables novelas, reconstituyendo un siglo de vida española, frente al Cantábrico bronco o manso, y ligando el nombre del lugarcillo donde cultiva sus coles como únicas flores, al prestigio inmortal de sus obras. Pues así tiene Emilia Pardo Bazán su Meirás famoso, Meca intelectual de la comarca, cuyo nombre va por Europa y América al pie de los mejores de sus libros, envuelto entre los pliegues de armiño que cobija su genio poderoso y asociado a la fama inmensa de la gran española del siglo. Por eso quienes han leído los libros de la Pardo Bazán sin conocer este rincón del mundo, fantasean con la imaginación en sueños para figurarse esa Granja de Meirás, cuyo paisaje creen entrever a través de las descripciones prodigiosas del campo gallego, que brotaron a docenas de su áurea pluma.

Y efectivamente Meirás es eso. «Siga usted ese camino, tome después otro a la izquierda, pase el puente, suba por tal o cual de los caminos siguientes, tuerza luego a la derecha, enseguida a la izquierda, vaya después derecho… muy fácil… estará usted en la casa.»

Eso le explican al que quiere desde la Coruña –Marineda, la Marineda amorosamente pintada por la Pardo- ir hasta Meirás. Y cuando allí llega, si no se pierde en el dédalo de caminos que rodean a la ciudad, se encuentra con la casa famosa y tiene que reconocer que la naturaleza ha ayudado todo lo posible a la escritora.

[Coa páxina seguinte] Gravados que acompañan á reportaxe, e que amosan as Torres de Meirás aínda en obras, coa Torre de Levante por construír | El Noroeste, 10/08/1902


En el fondo de un valle amplísimo por entre cuyas vertientes cubiertas de pinos, de castaños, de prados jugosos y de campos de millo se ven a lo lejos pueblecillos, montañas de crestas violáceas sobre el horizonte, el espejo de una ría y las cinas enroscadas de las carreteras, está la posesión donde nuestra gran paisana dejó fluir de su cerebro el profundo análisis de Los Pazos de Ulloa, el erudito y artístico misticismo de San Francisco, la belleza luminosa de La Madre Naturaleza o de La piedra angular, donde creó, como surgen las flores de las planas, centenares de cuentos bellísimos, de leyendas soñadoras y fantásticas. Y al contemplar aquellos campos, el admirador verdadero, el espíritu culto capaz de sentir con intensidad ese fervor por los grandes talentos que eleva y dignifica a los pueblos adelantados, se siente invadido de una especie de recogimiento religioso, pensando que la copa verde amarillosa de aquellos castaños, el rumor quebrajoso de aquellos pinos, fueron testigos y quizá factores de la gestación de esas grandes obras de la literatura contemporánea, compuestas en su presencia, con los absortos ojos de la autora vagando quizá sobre sus contornos, recogiendo de ellos inspiraciones y matices; porque ningún gran artista deja de ser intérprete de la Naturaleza que le rodea y que por su medio transmite a la humanidad esos sagrados misterios de la madre tierra, que sentimos pasar aleteando a nuestro alrededor en los anocheceres campestres, pero que solo los elegidos son capaces de traducir.

Por eso el campo gallego, el alma gallega, el espíritu de la raza, palpitan tan vivamente en el fondo y en la forma de las mejores obras de nuestra escritora. Son nuestros maizales, nuestras costas abruptas, nuestros pinares espesos y espigados, nuestras vaquiñas de ojos soñadores, nuestro cielo grisáceo y tristón, nuestro carácter, medio apático, medio decidido, nuestra dulzura o nuestra astucia, nuestras cualidades y nuestros defectos los que forman lo más íntimo de la trama de esa obra grandiosa que inmortalizó el nombre de la gran escritora.

Y por eso Emilia Pardo Bazán, que es en sus obras de pensamiento, de crítica, de observación, de polémica, un cerebro eminentemente europeo y cosmopolita, es en las imaginativas, en las novelescas, un espíritu esencialmente gallego, empapado e impregnado del ambiente de la terriña.

Con que figúrense ustedes después de estas filosofías, si la escritora amará esa casa, que además de mansión deliciosa, de fuente de salud para ella y para los suyos, ha sido desde siempre su gran taller artístico. Heredada de generaciones anteriores, elegida por el inteligente conde de Pardo Bazán, padre de la escritora, para residencia veraniega, habitada desde hace muchos años por la noble familia, las flores de los jardines y las plantas de la huerta y los árboles del bosque están ya compenetrados con el espíritu de la ilustre dama que la hizo famosa.

Por eso, ahora que el viejo Pazo ha recibido el retiro, ganado bravamente, en dilatada existencia, para sus espesas paredes, sus bajas techumbres y sus anejos posteriormente agrupados en no muy estéticos pegotes, la familia Pardo Bazán decidió sustituirlo con un verdadero palacio en toda regla, mansión de señores y de artistas que pueda hacer de la ya hermosa posesión, una residencia realmente espléndida.

En esa obra, de gran magnitud y que va ya muy adelantada, están empeñadas con entusiasmo constante la gran escritora y su madre. La Condesa de Pardo Bazán es una señora excelente, llena de relevantes condiciones, y dotada de un personalísimo sello de bondad que la hace digna del mayor respeto. Inteligente y activa como nadie, espontánea y efusiva en los afectos, gran conocedora de cosas y personas, maestra en el arte de conducir gallardamente su gran propiedad territorial y más aficionada a hacer por si misma cuanto su gran habilidad le permite que a encargar a otros que lo hagan, ella es la directora constante de esa gran obra. A eso consagra la mayor parte de su estancia en Galicia pero sin abandonar su papel de gobernadora agrícola y administrativa de sus propiedades, sin cesar de satisfacer su natural tendencia a la generosidad y a la esplendidez, sin dejar de cuando en cuando de dar en aquel parque de Meirás grandes y sonadas fiestas. Pero nada de eso la distrae de seguir con mirada previsora e inteligente la subida de un sillar o la colocación de una viga, para ver crecer y formarse el grandioso edificio.

El cual es romántico, con detalles que ya pertenecen al gótico primario, si bien conservando el carácter de aquel estilo en todo lo que es de esencia. Lo forman un gran cuerpo central donde va la portada de honor, una capilla flanqueada por dos torres que constituyen una de las fachadas laterales, y una tercera torre más alta y atrevida, que termina el edificio por la izquierda. La capilla es del románico más puro; reproduce la portada del Priorato de Bergondo y tiene un ajimez con parteluz muy artístico; en ella se conserva un retablo borrominesco del XVII, auténtico, delicadísimamente tallado en nogal y adornado con un frondal de magnífico cuero de Córdoba. En las torres que la flanquean campean como motivos de decoración blasones que representan los apellidos de la casa, y símbolos del culto gallego por excelencia, el de Santiago Apóstol. En la del Mediodía hay un ventanal de tres arcos, en los cuales el medio punto deriva marcadamente hacia el arco de herradura; y en ambas ventanas de esquina con columna esbeltísimas y capiteles labrados como filigrana.
En la torre de Levante, destinada a habitaciones de la gran escritora, se prescinde de todo motivo heráldico; solo campean en ella el emblema de su talento, la salamandra sobre el casco, con la leyenda De Bello lucem, hecho por ella ilustre e histórico sobre la blanca cubierta de sus libros, y algún otro símbolo de sus tareas literarias.


La portada de honor soporta una Virgen románica muy bella y se adorna con bellísimos capiteles, cuyos modelos, como todo lo referente a detalles artísticos de la obra, ha sido personalmente dirigido por Doña Emilia, que atendió a arcadas, columnas, archivoltas, chimeneas góticas o barrocas, etc., presidiendo la admirable labor de los canteiriños regionales.

A ese palacio se
trasladarán ambas damas tan pronto como la obra se termine y allí irán también
a parar los millares de libros de la biblioteca. Para entonces seguramente que
el geste, como por aquí decimos, se celebrará con gran fiesta, de las que allí
se dan, espléndidas y elegantes, alegradas por las caras bonitas de las
señoritas de la casa amenizadas por el ingenio de la novelista famosa, y
dirigidas por la respetable condesa, con su incansable actividad de señora sana
e inteligente.

Entre tanto y siempre,
Meirás, la residencia famosa ligada a tan hermosos libros, ha ganado un
preferente lugar en la consideración del mundo culto.


El Noroeste, 10/08/1902

 

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