UN ARTIGO DE RAMÓN SUÁREZ PICALLO PUBLICADO NA REPÚBLICA DOMINICANA

No ano 1939 Ramón Suárez Picallo chegaba exiliado á República Dominicana. Alí exercería o xornalismo, desde a dirección do diario La Nación. Grazas ao traballo de pescuda de Radhamés Hernández Mejía no Archivo General de la Nación, en números anteriores da revista Areal comezamos a recuperar os textos que publicou no xornal dominicano. Hoxe continuamos cunha nova entrega.

EN LA MUERTE DE UN GRAN ARTISTA
LUIS BAGARIA

Ha muerto en La Habana, donde se hallaba como refugiado, Luis Bagaria, el gran dibujante caricaturista español, universalmente conocido y estimado.

Dentro del grupo de caricaturistas españoles que cubren la etapa histórica que se inicia en las guerras civiles absolutistas
y liberales en la segunda década del siglo XIX, y que se disgrega en la frontera pirenaica en febrero de 1939, Bagaria era más que una figura representativa, una institución altísima.

Cronológica y espiritualmente, Bagaria era del grupo llamado de los continuadores. Inmediatamente posterior a la generación del 98, que supo crear, una ácida amargura, una promisora esperanza. La esperanza de una España enrutada hacia todos los caminos del porvenir, del pensamiento y del espíritu. Bagaria, siendo como era, un gran artista, puso todo el caudal de su sensibilidad, de su exquisita elegancia, al servicio del pueblo por medio del más popular vehículo de su cultura: el periódico. Dibujante, pintor, caricaturista y un tanto filósofo, resumen todas esas cualidades en la diaria nota gráfica de algún gran diario español, desde “El Sol”, de Madrid, en sus mejores tiempos, hasta “La Vanguardia”, de Barcelona, pasando por la famosa “La Esquella de la Torratxa”.

Desde el más minucioso recurso picaresco del político de menor cuantía hasta los más voluminosos errores de las más altas Instituciones del Estado español, en la Monarquía como en la República, pasando por las zonas oscuras donde se confunde lo ridículo con lo pintoresco, todos los temas políticos, sociales, culturales y espirituales de la actualidad pasaban por su lápiz sutil y elegante de catalán y de español, que sabía de las azules luminosidades del Mediterráneo y de las grises y confusas brumosidades del Atlántico. Y pasaban con ironía burda, limpia, creadora, sin tortuosidades de recovecos sombríos. Porque Bagaria era alegre como un niño con traje nuevo.

En los tiempos en que no se podía decir lo que se sentía y era obligado pensar lo que se decía, el dibujo diario de Bagaria consistía habitualmente en un “boratado de almohadón” dedicado a colegiadas de quince años. Pero el español habituado a sus recursos, buscaba en el tema inofensivo y candoroso, el otro tema, que hallaba siempre en una línea rara, en el pétalo de una flor de pura invención de Bagaria, y que no era tal flor, que era otra cosa envuelta en unas líneas de extraordinaria belleza estética.

Bagaria era un artista y un hombre generoso. Acogedor de inquietudes juveniles, alentador de vocaciones nuevas, consejero de orientaciones seguras.

En los clásicos cafés madrileños, algunos de los cuales estaban decorados por él; en los bares de las Ramblas de Barcelona y en las tertulias intelectuales de La Habana y de Buenos Aires, su figura chula y desgarbada de mediterráneo braquicéfalo, era popular y querida, porque era al darse en gracia y en Arte, mecenas opulento, pródigo y manirroto señor de bienes del corazón y del espíritu.

Una vez viajo por América, después de haberlo hecho por toda Europa y África. De regreso dijo que no saldría más de España. Declaraba que se sentía viejo. Pero otro día malhumorado el huracán de la desventura pasó por sobre la tierra de España con violencia tal, que fueron desechados y desarraigados los árboles más añosos, fueron lanzados e impelidos hacia otras tierras: Bagaria era uno de aquellos árboles, roble, encina, pino o almendro, cruzaron fronteras y mares, y en climas nuevos se quedan sin savia, apenas verdorosas algunas hojas de la esperanza.

Bagaria llegó a La Habana, como otros llegaron a México, a Chile, a Santo Domingo, a Buenos Aires o a Nueva York; se les seca la última raíz y el árbol vigoroso quedó convertido en el esqueleto de un gigante.

Bagaria a muerto en el exilio, como Machado, como Marcelino Domingo y otros muchos. Perdida la visión física del paisaje lejano y bienamado, su visión espiritual, clavada en el fondo de las pupilas, hecha carne en la carne del corazón, fue su visión postrera.

Pasa su dolor y para esa visión, una oración sin palabras.

La Nación, Ciudad Trujillo, 30/06/1940

Lluis Bagaria i Bou nació en Barcelona en 1882 y
murió en La Habana en 1940. Gran ilustrador, fue
uno de los principales caricaturistas españoles de la
primera mitad del siglo XX. Considerado un renovador
del género por sus trazos sintéticos y expresivos
que publicó en la prensa catalana (hasta 1912) y
madrileña (hasta 1936). Fue una de las principales
firmas de la revista España y el diario El Sol. Al estallar
la guerra civil regresó a Barcelona para dibujar
en el diario La Vanguardia. Cofundador el 11 de
febrero de 1933 de la Asociación de Amigos de la
Unión Soviética, creada en unos tiempos en que la
derecha política española sostenía un tono condenatorio,
en relación a los relatos sobre las conquistas y
los problemas del socialismo en la URSS. Al final de
la guerra civil se exilió en París y en La Habana,
donde murió a los pocos meses de su llegada.
Bethania Ortega

Partillar

Deixa unha resposta

O teu enderezo electrónico non se publicará