O TENOR GIUSEPPE ANSELMI, CON LINARES RIVAS EN SADA

Santiago del Burgo, pseudónimo do xornalista Alejandro Barreiro, lembra nesta reportaxe, publicada en La Voz de Galicia o 16/08/1938, unha reunión na casa de veraneo de Pérez Lugín en Sada. Nela participaron, entre outras personalidades do universo literario e artístico, o dramaturgo Linares Rivas e o tenor italiano Giuseppe Anselmi, unha das principais figuras da lírica naquela altura. Extractamos unha parte da extensa crónica.

UNA ANÉCDOTA DE LINARES RIVAS
LA LECTURA DE «LA CASA DE LA TROYA»
AQUELLA VEZ QUE NO QUISO CANTAR ANSELMI

Con el triste motivo del fallecimiento del insigne dramaturgo Linares Rivas, maestro y amigo muy admirado, evocábamos días atrás la efemérides literaria de la lectura de “La Casa de la Troya”, comedia, en el Pazo veraniego del gran novelista Pérez Lugín.

Grata y jubilosa reunión de conocidas personas de la amistad de ambos escritores. Hallábase entre ellas, como dijimos, Anselmi, el maravilloso tenor lírico de la voz de oro que, al morir, ofrendó su propio corazón a la Villa y Corte de Madrid, donde era el ídolo.

Todos hemos apreciado, además del talento, la gracia fina y sutil, muy de la tierra, del querido don Manuel. Y cuántos le oyeron hablan aún, con ponderaciones supremas, de cómo cantaba Anselmi. ¡Pues nosotros sabemos de una vez –aquella vez, precisamente,– en que Anselmi no quiso cantar! 

Es una nota original en el profuso e interesante anecdotario del glorioso autor dramático. Intervino en ella el “divo” cierta tarde de estío en que era huésped de Lugín, allá en la maravilla aldeana de las Mariñas de Sada; fondo risueño de algunas de las páginas gallegas más emocionadas del autor de “La Corredoira y la Rua”. Giuseppe Anselmi, que estaba en el apogeo de sus triunfos –“Peppino”, el tenor predilecto de los públicos, de las damas y de las empresas internacionales!– había venido a Galicia en plan descanso, reparador y tónico, al abrirse un paréntesis en las funciones del Real. Llevando a Lugín de apasionado cicerone, recorría encantado el exquisito artista, valles y cumbres, aldeas y sotos, absorto ante tanta belleza.

–¡Oh, como e dolce!

Se extasiaba el vibrante “cavalier” Cavaradosi, el apasionado Des Grieux de las jornadas apoteósicas, en íntimo contacto con la naturaleza. Dejaba que cantasen los pájaros, las brisas en el bosque, las fuentes rústicas, indefectiblemente cantarinas. Enmudecía ante las perspectivas luminosas; y si murmuraban los arroyos y zumbaban los insectos bajo el sol, recordaba apenas lejanas murmuraciones de la crítica y los aguijones de la envidia…

¿Quién pensaba en que cantase él en aquella sedante paz, tan grata al espíritu? Pero esa tarde…

***
Linares acababa de llegar de Madrid a su “Pazo de la Peregrina”. Pérez Lugín veraneaba en el altozano del Couto, sobre el panorama de la ría sadense. Dando una gran voz hubieran podido oírse los dos amigos si ambos no fuesen sordos. (Aquí del viejo cuento:

–¿Va usted a pescar?

–No. ¡Voy a pescar!

–¡Ah, yo creí que iba usted a pescar!)

Bueno. Pues los dos, el ilustre creador de “Flor de los Pazos” y el afamado novelista tenían entre manos la adaptación a la escena de “La Casa de la Troya”; adaptación que tanto beneficio les dio luego. En la ocasión citada, después de comer en la casona de Lugín, iba Linares a leer los tres primeros actos.

Recordarán ustedes que poco después del prólogo cruza la escena la atormentada figura de “Carballo”, un muchacho romántico que se arruinó por una bella cantante y anda tirado por los caminos. Bebe para olvidarla y la evoca angustiado:

–¡Oh, Manón
la tua non e
la mano che mi tocca…!

Esta frase desgarrada es su obsesión. Nada más canta en la comedia. Pero ninguno de nosotros sabía si cantaba más o si cantaba menos.

Anselmi, tan elegante, tan correcto siempre, asiste al almuerzo como el primer acto Paco Villagómez, Casás, Ponte y Blanco, Folla Yordi y otros. Y fue presentado a don Manuel.

–¡Yo le he aplaudido a usted mucho, artistazo!

–¡Signore senatore…!

–¡Cómo suspira usted “el Sueño” y como ataca y matiza el “Adiós”!

–¡Tanto honore!

De pronto, acordándose, dijo Linares Rivas:

–Pues ahora, va usted a cantar aquí.

Anselmi palideció. Sus manos finas se contrajeron. Hubo un silencio embarazoso. El divo, con una grave entonación de barítono, afirmó al fin:

–¡Io no canto!

–¿Qué no canta?

–¡Io no e venuto qui a cantare, signor senatore!

Estábamos volados. Los señores de la casa se miraban perplejos ante la súbita idea de Linares; –que en el fondo no pasaba de ser una broma afectuosa.

–¡Non canto!

El “mal entendido”, el equívoco, siguió. Linares Rivas enfundó el mamotreto de cuartillas y con “voz sorda” fue rotundo también:

–¡Pues yo no leo!

¡Cielos! Los invitados a oír la comedia nos mirábamos. Los donaires de la estudiantina, los amores de Gerardo y Carmiña, la tragedia íntima de Panduriño, iban a quedar, por el momento, inéditos para nosotros.

Linares Rivas leía también como es notorio, subrayando efectos y transiciones. Hasta las acotaciones, irónicas muchas
veces, cobraban vida y musicalidad apuntadas por él… En cuanto a Anselmi, hubiera querido oírle toda la comarca! Y así, calladamente, se habían ido juntando en torno a la casa del Magno Alejandro los vecinos más contiguos, después los de lejos, los otros y los de más allá.

–¡Está ahí Anselmi! ¡Va a cantar!

Esto lo supimos más tarde. Linares Rivas era también ajeno a la impaciencia rural. Apenas pasaba aquel requerimiento suyo de ser una ocurrencia afectuosa para que el eminente cantante marcase “con piedra blanca” el éxito inicial de la comedia.

Pero Anselmi –fue hombre virilmente guapo, hombre de cine. “Cara de plata” que diría Valle Inclán– siguió terne, sin saber en suma de qué se trataba.

–¡Non canto!

–¡No leo!

Villagómez, gran señor, intervino con un amplio gesto conciliador, como en “El Abolengo”:

–¡Pero si conozco bien la página…! ¡Cantaré yo!

Linares pudo oírle, y fue franco:

–Usted no, Paco. Usted no.

Cayeron inermes los brazos que tenían las espadas en alto, mientras e café y los licores el sol que entraba en grandes haces por las galerías desvanecía la oscura nube. Las señoras actuaron de hadas madrinas.

Y Linares Rivas galante, leyó, al fin, la comedia y hasta cantó el mismo fragmento con una afinación que movió al aplauso incluso al magnífico artista que con Massini, De Luca, Caruso
y Schipa resumía entonces el “bel canto”.
¡Él mismo obtuvo las fotografías de la fiesta!

Fotografía obtida polo propio Anselmi na xornada descrita por Barreiro. No centro, Linares Rivas lendo a adaptación e La Casa de la Troya La Voz de Galicia, 16/08/1938
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