UN ARTIGO DE RAMÓN SUÁREZ PICALLO PUBLICADO NA REPÚBLICA DOMINICANA

No
ano 1939 Ramón Suárez Picallo chegaba exiliado á República Dominicana. Alí
exercería o xornalismo, desde a dirección do diario La Nación. Grazas ao
traballo de pescuda de Radhamés Hernández Mejía no Archivo General de la
Nación, estamos a recuperar os textos que publicou no xornal dominicano. O
presente é unha mostra.  

NOTAS MARGINALES A LA NOCHE DE SAN FRANCISCO  

PREOCUPACIÓN
Y RECUERDOS 

Fuimos anteanoche a San Francisco1
con una grande preocupación. Por el camino
vinieron a nuestra memoria los recuerdos: Emerita Augusta la Mérida de hoy. “Medea”
y Don Miguel y el gran Federico García Lorca. Y la “Quintana de los Muertos”,
de Compostela, a la sombra de las cinco torres de la catedral en una noche del
agosto gallego, azul y cálida como la de ayer aromada de maizales florecidos. Y
la palabra, clave y suma del espíritu, resonando igual de sonora y de rotunda, en
el teatro romano de la Extremadura parda y reseca en la plaza mística
compostelana, envuelta en oraciones de granito, y en las bóvedas, cargadas de
aventura alucinada y de alientos de eternidad del templo franciscano. 

Más que
la palabra, genéricamente, específicamente una palabra, remejer, Remejer es una
palabra gallega, “remexer”, y quiere decir revolver, dar vuelta a lo de abajo
para arriba. La castellanizó Don Miguel de Unamuno en su traducción de “Medea”.
Remejidos nos iban, pues, los recuerdos de la acera de enfrente, mar por en medio,
con las palabras que César Tolentino nos deleitó una mañana, contándonos su
iniciativa, palabras e iniciativa que nuestra pluma modesta ordenó para LA
NACIÓN a fines de febrero. 

Tolentino y yo habíamos coincidido en que es cierto
de toda certidumbre aquello de que lo sublime a lo ridículo hay muy corta
distancia. Y esa era anteayer nuestra preocupación, remejida por los recuerdos
de otros espectáculos similares, que dejaron en nuestro espíritu impresión inolvidable.
La preocupación –digámoslo de una vez– se disipó en cuanto cruzamos la gran nave
conventual de San Francisco. 

¡SILENCIO! 

Gran colaborador es el silencio para
las grandes emociones o conmociones del espíritu. Anteanoche lo fue en forma
decisiva. En el que habla de San Francisco, podrían tomar el sol los lagartos
sin moverse. En la penumbra, andaban vagando las ánimas benditas de Lope y de
Federico, de puntillas sobre el silencio emocionante roto tan solo por las
palabras antañosas de los muchachos artistas, gustosas con sabor de vino nuevo,
sacados de viejos odres con soleras centenarias, por el bisbiseos de los
miriñaques alados, y por el arrullo de las palomas alumbradas por una luz
extraña y unos valores nuevos recién descubiertos por ellas. 

COLORES 

¿Hablamos
de colores? Pues sí, también el color importaba mucho, y fue en la velada
inolvidable, uno de los mejore aciertos. Vela Zaneti, don Carlos Giner de los
Rios y Casal (decorados, trajes y luces), lograron el raro milagro –más raro entre
españoles de estos tiempos– de ser tres espíritus en un solo espíritu, tres
emociones en una sola emoción, teniendo por punto de referencia la melena gris
que floreciera del tiempo con la piedra en amorosa juntanza en las ruinas
franciscanas. MÚSICA También como siempre, la música. A escuchar a la Sinfónica
en sus ejecuciones de San Francisco podrían estar –sin que quienes lo invitasen
tuvieran que ruborizarse– Beethoven y Granados. Y no decimos Mascagni, porque
ni él, ni ningún otro autor de ópera italiana tenían nada que hacer allí. Y ni
Lope ni Federico García Lorca se hubiesen enfadado, escuchando “La Fuente del
Doncel”, que tuvo, como único defecto, el de saber a poco exactamente igual que
las ejecuciones de la Sinfónica, que lograron sonoridades de  órgano tal su perfección y tal la belleza de sus
resonancias. Dicho todo esto, claro está, con perdón, permiso y salvedad de su
mejor juicio, de los críticos musicales, que, solo por serlo, tienen autoridad
bastante para decir en esto, por lo menos, la penúltima palabra. 

ARMONÍA 

¿Para
qué nombres? En el caso de los intérpretes de Lope, no se trataba de cómicos de
oficio, que necesitan ser citados por sus nombres. Se trataba de un conjunto
juvenil universitario e intelectual, para lograr un altísimo propósito ofrecer
una noche de Arte, de Belleza y de emoción. Y ese propósito lo lograron a
cabalidad absolutamente. Con un repertorio clásico y “Marianita Pineda” o “La
Zapatera Prodigiosa”, después del ajuste de algunos matices en los tonos del
diálogo, fácil de lograr con contagiados ensayos de conjunto, el espectáculo de
San Francisco puede ser ofrecido, decorosamente, a estudiantes artistas y
críticos de cualquier país del mundo. Y decimos ofrecido y no llevado, porque
en muy pocos sitios, de América al menos, existen unas ruinas de San Francisco. 

Pero nos íbamos desviando. Queríamos hablar de la armonía perfecta, desde la
dicción hasta los movimientos, entre los muchachos y las muchachas, dominicanos
y españoles, para lograr un espectáculo de arte y de belleza, sacados del
ingente tesoro de nuestras letras clásicas, que fueron, son y serán siempre,
quiérase o no, opulento patrimonio común del mundo que habla en español y que
dice en español, Dios, Madre y Amor. 

Venturosa armonía, que es algo más que una
esperanza por encima y más allá de las leyes de la ciudadanía, de las
relaciones diplomáticas, de los tratados de comercio y de los regímenes
políticos que terminan en ismo. 

COLOFÓN 

La fiesta termina. Cesaron los versos mágicos
de Lope. Se han esfumado los colores. Los coches tocan sus bocinas y echan un
olor apestoso a gasolina. La realidad ha roto el sortilegio: pero al filo del
amanecer, en el silencio del lugar y del instante, hay en San Francisco otro
sortilegio. Es un sortilegio de almas que allí en aquel recinto augusto
confesaron el pecado y obtuvieron el perdón: amaron y recibieron a Dios y sacaron,
erguida y bendecida la Cruz cristiana y los pendones morados, para pasearlos por
todas las tierras y los mares inéditos: allí estaban contemplando embobadas como
las piedras viejas fueron florecidas por el extraño milagro del arte y del
recuerdo, en una noche llena de estrellas, envuelta en un hálito sutil de
emoción y de belleza: las mismas estrellas que guiaron a los navegantes de
antaño a lo largo y a lo ancho del mar tenebroso. Y las mismas palabras, y, en
muchas almas la misma Fe y la misma Esperanza. 

La circunstancia de que todo
ocurriera el 14 de abril, no fue obstáculo para que entre los invisibles,
estuviese placentero y cordial, el bondadoso Fray Bartolomé de las Casas del
brazo de su buen Enriquillo. 

La
Nación
, Ciudad Trujillo, 16/04/1940 


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1. Las ruinas de San Francisco son uno de los lugares
históricos más importantes de la República Dominicana, declarada como
patrimonio dominicano. Estas ruinas son los vestigios de lo que fuera el
Monasterio de San Francisco, la cual inició su construcción en 1508 a la llegada
de los padres franciscanos y fue el primer monasterio del nuevo mundo. La obra
fue finalizada para el 1560. Esta edificación fue una de las obras de Nicolás
de Ovando, a quien se le atribuye la construcción de las más bellas e
imponentes casas de la época colonial en Santo Domingo. En 1586 fue saqueada
por el corsario Francis Drake, lo que dejó daños en su diseño que fue reparada
en su totalidad en el 1664. Sin embargo, en el 1673 el monasterio quedó
destruido tras un terremoto, quedando en ruinas, tal y como se le conoce en la actualidad.
Más adelante continuarían los acontecimientos que colaboraron con la casi completa
destrucción del monasterio. En 1808, después de la Batalla de Palo Hincado los
franceses ocuparon este lugar y con el uso de un cañón destruyeron parte del
techo. Luego llegó en 1930 el ciclón de San Zenón, también causando estragos en
la edificación. Uno de los datos más interesantes de este lugar es que de allí
surge el primer acueducto de la ciudad, aún en la actualidad estas tuberías distribuyen
el agua de toda la ciudad colonial. 

Bethania Ortega

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