ALFACAR: BUSCO TUS OJOS

Theodoro Elssaca

Un relámpago baja del cosmos,
entre la fugacidad de los momentos
y el témpano del cuerpo inerte, sin alma,
entrando en la oscuridad de la tierra.


Federico había sido en el impenitente enigma,
mano a mano con las Parcas dio una fiera riña,
avanzando hacia la noche, con sus cuerdas trémulas,
a punto de cortarse ante el paredón de los fusilados.
¡Aaay! Aquella fatídica noche sin luna en Granada.


La creativa España de Lorca y de Falla al piano
a cuatro manos, de Dalí onírico y renacentista
en la andaluza cinematografía de Buñuel,
encarnó la tenebrosidad del laboratorio de guerras:
una boca de lobo que se abrió al desamparo fratricida.
Vagaron huérfanas por el mundo sus mejores luces.


Camino por La Huerta de San Vicente, su laguna.
Recorro la casa intacta, veo sus huellas en el salón,
entro al escritorio con el cartel del Teatro La Barraca,
donde leo este poema al nacido en Fuente Vaqueros.
Tocamos al mismo piano su misma apasionada música.
Al atardecer, el cante jondo en las cuevas del Sacromonte
y los arábigos Cármenes, en el Barrio del Albayzín,
nos llevaron al auténtico Romancero Gitano.


He viajado a Granada para respirar junto al olivo,
y respiro el exacto aire de los muertos tristes
en las zanjas que llaman cunetas, cavadas
por ellos mismos en su viaje sin vuelta atrás.


En Alfacar busco los ojos del tortuoso olivo que lo vio caer.
Territorio bravo y salvaje. La zanja, osario de olvidos,
estremece la niebla de fantasmas de harina y de sal,
tenaces creadores, efervescencia del rayo que no cesa
abre hostil la herida hispánica que aún sangra.


Na imaxe, García Lorca nun 
debuxo de Manuel Ángeles Ortiz
La Esfera, nº49-50, 1975.

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