LA CAJA DE RESONANCIA DE UN TAMBOR HELLINERO QUE FUE LATA DE CONSERVAS EN SADA

José Antonio Iniesta

Tambor con caja hecha con una lata de conservas de Sada, A Coruña. Colección del Museo Comarcal de Hellín. Pieza recopilada por el autor. Fotografía de José Antonio Iniesta.
Bien
se puede decir que como hellinero he vivido toda mi existencia vinculado al
tambor. Siempre me ha estremecido su redoble, como hijo y padre de
tamborileros, y como presidente de la Asociación de Peñas de Tamborileros de
Semana Santa de Hellín, de 1993 a 1995, Tamborilero del Año en esta ciudad en
2012 y autor de cinco obras sobre la Tamborada de Hellín, sin duda la más
grande de España y del mundo por el número de tamborileros, declarada Fiesta de
Interés Turístico Nacional e Internacional. Tuve el honor de elaborar el informe
y formar parte de la comisión que propuso desde Hellín la declaración de
Patrimonio Cultural Inmaterial de la Tamborada de Hellín por la UNESCO, y día a
día rastreo la historia de nuestra Tamborada. 

Pero tan importantes son los
grandes acontecimientos tamborileros en los que he participado como los
descubrimientos que me generan siempre emoción e inmenso respeto por una
tradición tan antigua. Y uno de ellos, de los más especiales por muchos
motivos, fue el hallazgo de un tambor infantil de posguerra cuya caja había sido
en su origen una lata de conservas de un pueblo gallego: Sada. El corazón del
tambor guardaba un secreto que había esperado décadas y décadas para ver la luz,
que tuve el honor de reflejarlo en un principio en la revista “Tambor” y
posteriormente en mi quinto libro sobre nuestra Tamborada, “Historia y
tradición del tambor hellinero”, que fue publicado en 2013. 

Con entrañable
afecto para los ciudadanos de Sada, con sincero respeto a la Asociación Cultural
Irmáns Suárez Picallo, que tan dignamente vela por recuperar las tradiciones de
esta ciudad, algo que ha sido exactamente mi propósito desde que comencé a
tener uso de razón, aquí va un esbozo de la historia de tan curioso hallazgo,
que me demostró, por enésima vez, la importancia de recuperar las raíces
ancestrales de nuestros pueblos, el curioso juego del destino a la hora de
mostrarnos nuestro pasado, y la importancia de recuperar la esencia de lo que fuimos
para fortalecer la sociedad que tenemos en el presente y que será la herencia
que dejaremos a las nuevas generaciones en el futuro. 

Entregarse a la hermosa tarea
de recuperar las tradiciones ancestrales siempre da sus frutos con el tiempo. Y
eso fue lo que me llevó a conceder una entrevista a mi buen amigo Antonio
Moreno, de Televisión Hellín, en la que hablé de la importancia de recopilar
antiguos tambores para el futuro Museo de Semana Santa y Tamborada. Así fue
cómo pedí al pueblo de Hellín su colaboración para disponer de piezas
singulares, valiosas, artísticas, raras, entre los cerca de veinte mil tambores
que pueden encontrarse en nuestra ciudad. 

Una de esas personas generosas que
vino a verme para colaborar fue Amor Fajardo, que acudió con un tambor infantil
de los años 40- 50, de aquellos que empezaron a hacer, tras la requisa que tuvo
lugar durante la Guerra Civil, grandes artesanos como el Tío Pachiche y el 
Tío
Garrancho, cuya memoria tuve el honor de recuperar del más triste de los
olvidos. 

Este tambor es muy valioso, no sólo por su antigüedad, sino porque es
una muestra de la noble artesanía que utilizaba los elementos más rústicos al
alcance de personas con escasos recursos, que apenas tenían para comer, y
porque es un ejemplo más de que los hellineros estamos unidos al tambor desde
el mismo momento de nuestro nacimiento. 

Mil y una historias entrañables me han
sucedido en décadas de investigación de la tradición tamborilera, y una de las
más especiales fue descubrir que la caja de resonancia que se utilizó para
construir este tambor fue en su origen una lata de conservas venida nada más y nada
menos que desde tierras gallegas. 

Desmontar viejos tambores, con sumo cuidado, casi
como si de un ritual se tratara, ha sido una experiencia gozosa y responsable
para conocer los entresijos más íntimos, el corazón y las tripas, de tambores
muy antiguos. En este caso, en el interior no había inscripción alguna, como es
habitual en ocasiones, al reciclarse latas de queso, mantequilla y leche en
polvo del Plan Marshall, aunque también he descubierto latas de combustible, de
pimentón y de sardinas, entre otras. De pronto me di cuenta de que bajo la
pintura de color rojo con la que se había pintado la caja se observaban unas
líneas imprecisas, señal de que se trataba de una lata que en el pasado había
tenido algún tipo de anuncio de la marca, el origen o el material envasado. 

En
muchos tambores antiguos se utilizó para que fuera visible el color dorado del
interior, típico de las cajas hellineras, de tal forma que la inscripción
quedaba por dentro, pero en esta ocasión se hizo al revés, así que se pintó,
algo que también era habitual, de color verde, negro, azul o rojo, como en este
caso en concreto. 

Como tenía que ser documentado a fondo me puse a hacerle
numerosas fotografías con mi cámara fotográfica, y mi sorpresa fue mayúscula cuando
minutos después, mirándolas una por una, para ver cómo habían quedado, comprobé
que las inscripciones, con texto y diversas imágenes, eran muy visibles, mucho
más de lo que se podía apreciar a simple vista. 

No daba crédito a lo que estaba
viendo. Sé que la cámara fotográfica recoge básicamente lo que puede ver el ojo
humano, pero con el tambor todavía en mis manos no podía ver eso que me
mostraban las fotografías. Fotógrafos profesionales a los que pregunté no
supieron responderme, incapaces de explicarme por qué se producía esa notable
diferencia, pero lo que realmente importa es que bajo la capa de pintura roja
de la lata de conservas había encerrado un secreto. De repente podía ver a una
señora con un amplio peinado con adornos, 
un gran edificio, con sus puertas y
ventanas, y hasta un barco con sus velas. Y para más detalle, un texto de lo
más revelador: “Conservas y salazones. Pescados selectos. Juan María Blanco
Golán. Sada, Coruña”.


La caja que fuera en su día una lata revelaba un secreto,
un origen, un proceso de elaboración, al fin y al cabo un tesoro de información
para un investigador de las raíces tradicionales de su ciudad, Hellín, en la
provincia de Albacete, en las tierras de Castilla-La Mancha, tan lejos de un
pueblo como Sada, en el corazón de Galicia, en A Coruña. Tenía que resolver
este acertijo, que tanto tenía que ver con un tambor que durante décadas había
sido utilizado para redoblar en Semana Santa, en la Tamborada más grande del
mundo. No tardé ni un minuto en coger el teléfono y pedir que me dieran el 
número
del teléfono del Ayuntamiento de Sada, en A Coruña. 

Como no podía ser de otra
forma, y ya que existía esta localidad gallega, llamé a su ayuntamiento y hablé
con quien dijo ser el secretario, que rápidamente me puso en contacto con la
concejala de Cultura. 

Esta llamada sería el comienzo de un complejo proceso de
investigación y de admiración por el artesano que respondiendo a un curioso destino
tuvo el ingenio de utilizar como caja de resonancia de un tambor una lata que
años después daría mucho que hablar. 

La noticia no pasó desapercibida en Sada. Pocos
días después recibí la llamada del alcalde de esta ciudad en persona, Abel
López Soto. Lo que más me llamó la atención es que mostraba un gran entusiasmo
y mucha alegría. Se sentía muy feliz al conocer que una lata de conservas de su
ciudad se había convertido en el pasado en la caja de un tambor destinado al
museo de una ciudad de la lejana provincia de Albacete. Era admirable esa
actitud, que no habría superado ni el más entusiasta de los hellineros. 

Agradecí
verdaderamente que este hallazgo le produjera tanta curiosidad y satisfacción.
Era lógico que yo sintiera pasión por descifrar el enigma, pero sé que no todo
el mundo valora en igual medida un descubrimiento así. Llevaba muchos años
visitando viejas cámaras, lóbregos sótanos, buhardillas polvorientas, siguiendo
el rastro de estos tambores hechos a mano, cada uno con su propia historia, como
un libro abierto que había que interpretar. Ese viejo tambor de un niño nos
estaba contando una historia, y había empezado a hablarme de un pueblo pesquero
que surgía como un auténtico misterio. Ya me estaba enamorando, sin apenas
darme cuenta, de un lugar desconocido para mí de Galicia, por cierto, una de
las regiones en las que más he disfrutado haciendo interminables rutas para
investigar sus tradiciones mágicas, los lugares de poder, sus milagros,
prodigios y reliquias, en un auténtico paraíso de la cultura ancestral, tal
como había comprobado muchos años antes, recorriendo palmo a palmo, entre hórreos,
cruceiros y yuntas de bueyes, enclaves mágicos y telúricos donde acampaba de la
forma más insospechada. 

Si ya de por sí la historia era de lo más atractiva y
singular, incluso intrigante, el señor Abel López Soto me comentó que
precisamente en esos días se iba a celebrar un pleno para, entre otros asuntos,
recuperar el antiguo nombre de la calle en la que había sido instalada aquella fábrica
cuyos datos me habían surgido bajo la capa de pintura roja. Pensé que se
trataba de 
una
curiosa coincidencia justo cuando me habían aparecido en una vieja caja de
tambor, que a saber por qué motivos había llegado hasta la conocida como “Ciudad
del Tambor”, en Castilla- La Mancha. 

Si ya de por sí fue agradable y amistosa
la llamada del alcalde de Sada, que deseó incluso que algún día pudiera dar una
conferencia en su ciudad sobre este curioso descubrimiento que unía a dos
pueblos tan lejanos en la geografía española, muy pocos días después volví a
recibir una nueva llamada, también de tierras de Galicia. En esta ocasión se
trataba de Nuria Rodríguez, que se presentó como redactora de “La Opinión de la
Coruña”. Me hizo una entrevista por teléfono y en verdad que se informó bien e
hizo un buen trabajo documentando el posible origen de la lata utilizada en
este tambor de redobles hellineros. Cuando me percaté de que un viejo y
diminuto tambor mostraba unas líneas imprecisas bajo la capa de pintura de su
caja no imaginé que ese fugaz vistazo tendría tanta repercusión en el futuro. 

Los
viejos tambores hellineros se hacían con parches de cabrito, con bordones de
tripa de animal, con tornillos que antes fueron punchas, clavos de ferretería,
transformándose los garbillos y los cedazos en aros y aretes, para que las
cajas de resonancia que fueron latas abandonadas hicieran posible el redoble
cuyo origen se mezcla con la historia y la leyenda de un pueblo que lleva el
latido del tambor en sus venas. Y uno de ellos surgió de una vieja cámara, ya
olvidado con el paso del tiempo, para revelar un secreto escondido en su
interior, que nos habla de labores ancestrales, del mar y de la tierra, de
pueblos lejanos que se unen por el sudor de la frente, por el sacrificio del
pasado y la esperanza en el futuro. Una historia tan sencilla como
maravillosamente compleja. 

Así sucedió, aunque lo cuente de forma muy resumida,
y de esta forma conocí la existencia de Sada, y supe del aroma del mar y de la rudeza
de la vida de los pescadores, nunca valorada como se merece, y de la vieja lata
de conservas que dando tumbos quiso el destino que llegara a formar parte de
una pieza histórica de nuestra Tamborada. 

La crónica de este encuentro con un
tambor con historia, la que escribió Nuria Rodríguez, merece reseñarse también,
tal como fue publicada en su día. Es más que la historia de un viejo tambor, es
el relato de un curioso hallazgo que no habría sido posible de no existir la
pasión, la entrega, el amor por su tierra, de Amor Fajardo, una de las personas
más nobles y especiales que he conocido en mi vida en esta ciudad. Siempre ha
sido muy amable y generosa conmigo, y en esa ocasión lo volvió a demostrar
donando para el futuro Museo de Semana Santa y Tamborada este tambor tan especial
que había sido durante tanto tiempo de su familia y que ahora se encuentra en
el Museo Comarcal de Hellín. Los hellineros sabemos en qué medida es importante
para nosotros un tambor que nos ha acompañado buena parte de nuestra vida… Sin
su desapego de lo material, para que la historia se alimente de objetos tan
valiosos como éste, no hubiera sido posible conocer el secreto guardado en el
corazón de un tambor. 

Más que nunca recuerdo ahora las palabras que una india
purépecha me dijo en cierta ocasión, al preguntarle por mi vínculo sagrado con el
tambor, no sólo el de Hellín, sino el que he tocado en tantas ocasiones, el de
la esencia chamánica, en ceremonias con culturas nativas de México y de otros
países del mundo: “El redoble del tambor es el latido del corazón, el latido de
la Madre Tierra”. Pues este tambor tiene su corazón envejecido, pero lleno de
historia, y es al mismo tiempo el latido de dos pueblos, de dos culturas. De
cada uno de ellos es el canto de la laboriosa existencia de la tierra que nos
ha visto nacer: Sada y Hellín, Hellín y Sada…


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