UN CONTO DA PARDO BAZÁN AMBIENTADO EN SADA

A escritora Emilia Pardo Bazán (1851-1921), unha das principais representantes do realismo, mantivo unha intensa relación con Sada e coas Mariñas. En Meirás tiña a súa residencia boa parte do ano, primeiro na granxa que pertencera aos seus antepasados e logo nas monumentais torres que ela mesma e a súa nai construíron. E foi alí onde escribiu gran parte da súa obra: “en donde me hallo mejor para sentir esta grata fiebre de la creación artística es aquí, en la vieja Granja de Meirás, en este rincón apacible de las risueñas Mariñas […].
Por las tardes ofrece dilatado horizonte la ancha calle de camelias, que domina toda la extensión del valle y el mar de Sada, caído entre dos montañas como un fragmento de espejo roto” (“Apuntes autobiográficos”, 1886).

Durante bastantes anos estivo empadroada no municipio de Sada, e foi o Concello de Sada, presidido polo alcalde republicano Jaime Casanova, quen no 1912 solicitou á Real Academia Española a incorporación de Pardo Bazán para cubrir un asento vacante, petición que sería rexeitada pola súa condición feminina .
A este vínculo obedece a persistente presenza das paisaxes de Sada na súa obra de literaria, sempre baixo o heterónimo de Areal, denominación que recibe a presente revista. Moitos dos seus contos están ambientados en Sada, en Mondego (Monegro) ou en Meirás (Alborada), e tamén se desenvolve nas mesmas paraxes boa parte da súa novela La Quimera, onde nos deixou descricións formidables de Sada:
Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por el sol: era de cristal la mañana.
Algo de brisa: el hálito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los linderos, enla hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de turquesa a tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al retozo del aire. La playa se extendía lisa, rubia, polvillada de partículas brilladoras, cuadriculada a techos por la telaraña sombría de las redes puestas a secar, y festoneada al borde por maraña ligera de algas. A la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.

[…] corría el mes de julio, la roja y ardiente luna de Santiago, y olía a hinojo, y en el ambiente sonabala campanillita de oro del júbilo de las romerías y fiestas. Las quintas se habían poblado de señorío, gente de Madrid veraneaba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros trajes. […] Areal reventaba de bañistas […]. Con frecuencia estallaban cohetes, cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose a las parroquias donde se festejaban al santo. Ruido, actividad, regocijo, sol.

Traemos a este primeiro número da nosa revista un dos contos breves que Emilia Pardo Bazán ambientou en Areal, publicado orixinalmente en Pluma y Lápiz, nº 30, 1901, e recollido no volume Cuentos de la Tierra.
EL PAÑUELO

Cipriana se había quedado huérfana desde
aquella vulgar desgracia que nadie olvida en el
puerto de Areal: una lancha que zozobra, cinco
infelices ahogados en menos que se cuenta…
Aunque la gente de mar no tenga asegurada la
vida, ni se alabe de morir siempre en su cama,
una cosa es eso y otra que menudeen lances así.
La racha dejó sin padres a más de una docena
de chiquillos; pero el caso es que Cipriana tampoco
tenía madre. Se encontró a los doce años
sola en el mundo…, en el reducido y pobre
mundo del puerto.

Era temprano para ganarse el pan en la
próxima villa de Marineda; tarde para que nadie
la recogiese. ¡Doce años! Ya podía trabajar
la mocosa… Y trabajó, en efecto. Nadie tuvo
que mandárselo. Cuando su padre vivía, la labor
de Cipriana estaba reducida a encender el
fuego, arrimar el pote a la lumbre, lavar y retorcer
la ropa, ayudar a tender las redes, coser
los desgarrones de la camisa del pescador. Sus
manecitas flacas alcanzaban para cumplir la
tarea, con diligencia y precoz esmero, propio de
mujer de su casa. Ahora, que no había casa, faltando
el que traía a ella la comida y el dinero
para pagar la renta, Cirpriana se dedicó a servir.
Por una taza de caldo, por un puñado de
paja de maíz que sirviese de lecho, por unas tejas y, 
sobre todo, por un poco de calor de compañía,
la chiquilla cuidaba de la lumbre ajena,
lindaba las vacas ajenas, tenía en el Colo toda la
tarde un mamón ajeno, cantándole y divirtiéndole,
para que esperase sin impaciencia el regreso
de la madre.

Cuando Cipriana disponía de un par de
horas, se iba a la playa. Mojando con delicia
sus curtidos pies en las pozas que deja al retirarse
la marea, recogía mariscada, cangrejos,
mejillones, lapas, nurichas, almejones, y
vendía su recolección por una o dos perrillas
a las pescantinas que iban a Marineda. En
un andrajo envolvía su tesoro y lo llevaba
siempre en el seno.
Aquello era para mercar un pañuelo de la
cabeza… ¿qué se habían ustedes figurado?
¿Qué no tenía Cipriana sus miajas de coquetería?

Sí, señor. Sus doce años se acercaban a trece,
y en las pozas, en aquella agua tan límpida
y tan clara, que espejeaba al sol, Cirpiana
se había visto cubierta la cabeza con un trapo
sucio… El pañuelo es la gala de las mocitas en
la aldea, su lujo, su victoria.
Lucir un pañuelo majo, de colorines, el
día de la fiesta; un pañuelo de seda azul y
naranja… ¿Qué no haría la chicuela por conseguirlo? 
Su padre se lo tenía prometido para el primer lance
bueno; ¡y quién sabe si el ansia de regalar a la 
hija aquel pedazo de seda charro y vistoso 
había impulsado al marinero
a echarse a la mar en ocasión de peligro!

Sólo que, para mercar un pañuelo así, se
necesita juntar mucha perrilla. Las más veces
rehusaban las pescantinas la cosecha de Cipriana.
¡Valiente cosa! ¿quién cargaba con tales porquerías?
Si a lo menos fuesen unos percebitos
bien gordos y recochos, ahora que se acercaba
la Cuaresma y los señores de Marineda pedían
marisco a todo tronar. Y señalando a un escollo
que solía cubrir el oleaje, decían a Cipriana:
-Si apañas allí una buena cesta, te damos
dos reales.

¡Dos reales! Un tesoro. Lo peor es que
para ganarlo era menester andar listo. Aquel
escollo rara vez y por tiempo muy breve se
veía descubierto. Los enormes percebes que
se arracimaban en sus negros flancos disfrutaban
de gran seguridad. En las mareas más
bajas, sin embargo, se podía llegar hasta él.
Cipriana se armó de resolución; espió el momento;
se arremangó la saya en un rollo a la
cintura, y provista de cuchillo y un poje o cesto
ligeramente convexo, echóse a patullar.
¿Qué podría ser? ¿Qué subiese la marea de prisa?
Ella correría más… y se pondría en salvo
en la playa. Y descalza, trepando por las desigualdades
del escollo, empezó, ayudándosecon el cuchillo, a 
desprender piñas de percebes.
¡Qué hermosura! Eran como dedos rollizos.
Se ensangrentaba Cipriana las manitas,
pero no hacía caso. El poje se colmaba de piñas
negras, rematadas por centenares de lívidas uñas…

Entre tanto subía la marea. Cuando venía la
ola, casi no quedaba descubierto más que el pico
del escollo. Cipriana sentía en las piernas el frío
glacial del agua. Pero seguía desprendiendo percebes:
era preciso llenar el cesto a tope, ganarse
los dos reales y el pañuelo de colorines. Una ola
furiosa la tumbó, echándola de cara contra la peña.
Se incorporó medio risueña, medio asustada…
¡Caramba, qué marea tan fuerte! Otra ola azotadora
la volcó de costado, y la tercera, la ola grande,
una montaña líquida, la sorbió, la arrastró
como a una paja, sin defensa, entre un grito supremo.
Hasta tres días después no salió a la playa
el cuerpo de la huérfana.
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