A PATACA EN CHILE

Neste artigo RSP lembra a orixe chilena das papas ou patacas e presenta distintas maneiras de consumilas, pero curiosamente en moitas zonas dese pais é un producto de escaso consumo polo seu coste…

5 de julio de 1943

BARCOS Y PAPAS

Por Ramón Suárez Picallo

Se anunció días pasados que, por conducto reglamentario, se solicitará de la Armada Nacional, el concurso de una de sus unidades, para transportar a los mercados consumidores, productos nacionales, de los que se carece para el alimento de la población, existentes en gran cantidad en algunas zonas del país, sin posibilidad de ser transportadas a otras por falta de medios. Trátase, por ahora, de las papas de Chiloé, que están pudriéndose en los depósitos mientras en la olla popular de todo el resto de Chile hay que echarlas con cuenta gotas, o poco menos.

La papa, “el pan de los pobres”, que, sola o “acompañada”, cae bien en todos los platos, constituye en nuestros días, la más extendida y universal base de alimentación del género humano. Original de esta tierra de bendición y de prodigio, llevó mundo adelante, el nombre de su país de origen, antes que los diplomáticos, los navegantes y los aventureros. En los textos de Historia Natural de la Vieja Europa, es enunciada así su ciudadanía: “Original del antiguo Reyno español de Chile, en tierras de la Araucanía”. Los muchos europeos que comen papas todos los días, preparadas y aliñadas de mil y una maneras distintas, se figuraban “la Araucanía”, como país de fábula y leyenda donde todas las gentes debían ser ricas, puesto que se “da solo”, el rico tubérculo, que en Europa se cultiva en las mejores tierras de labranza, con cuidados exquisitos y especial dedicación.

“Año que hay papas no hay hambre”, suelen decir los campesinos de todos los países, para explicar por qué dedican a ese cultivo sus mejores predios. En España, en Francia, en Suiza, en Alemania, en Inglaterra y en Rusia –los países mejor alimentados antes de la guerra actual– la papa se comía “con todo”, en las tres colaciones del día. Recientemente, en Inglaterra, los médicos especialistas en los problemas de la alimentación, por causa de las restricciones que imponer la guerra, han aconsejado, para el desayuno de los niños y de los adolescentes, las papas cocidas en blanco, como excelente sustituye de los viejos y clásicos platos matutinos británicos.

La papa, cultivada hoy en todas las tierras del globo, es el gran regalo de Chile a la Humanidad. Pues bien, aunque duela decirlo, el pueblo chileno, consume, en relación con los otros pueblos, muy poca papa; porque es cara, pese a su aparente baratura, en comparación con lo que cuestan el pan, la carne y la leche, pongamos por caso.

¿Causas de la carestía? Muchas son ellas, figurando, en primer lugar, el costo del transporte. Tal nos ha sugerido, al menos, el anuncio que comentamos, indicador de falta de barcos entre Chiloé y los puertos que surten el Hinterland chileno.

Chile, con sus 4.000 y tantos kilómetros de costa, franja de tierra recostada sobre el mar, con una población, necesariamente con vocación navegante, por mandato de su Geografía y aún de su Historia, se encuentra sin barcos; y siendo como es país exportador e importador en vasta escala, debe hacer su tráfico mercantil internacional, en bodegas extranjeras. Más o menos, la misma anómala contradicción, señalada en la circunstancia de que, siendo el más rico litoral del mundo en pesca, consuma poco pescado, y no tenga un industria de primer plano, en esta rama de su economía nacional.

La guerra actual, y una notoria preocupación en los hombres dirigentes de la Democracia chilena, por los problemas económicos básicos que se relacionan con el mejoramiento de las clases populares y medias, han determinado, afortunadamente, una especie de reacción y, vuelta “de cara al mar”, como fuente de riqueza y como camino de distribución de bienes, que abundan en algunas zonas del territorio nacional, mientras faltan y por ello son caros en otras.

De cuanto se haga en este sentido -¡nunca lo repetiremos lo bastante!– recibirá el país la recompensa del ciento por mil, como en el milagro bíblico. Y una parte, importantísima, de lo que hay que hacer en orden al problema, es la construcción de buques chilenos para el cabotaje, en sus propias aguas jurisdiccionales primero, y en aguas de otros países después. No hay para que abordar el problema, bajo influencia del espejismo de los grandes transatlánticos y transportes, que hoy se dedican a la navegación en alta mar. La cuestión debe enfocarse, con vistas a necesidades menores de orden nacional. Buques de pequeño tonelaje, construidos con madera, que Chile posee en gran cantidad y en calidad insuperable. He aquí la base de una futura industria nacional con incalculables posibilidades de provecho económico y con enormes proyecciones en la distribución de las riquezas, en un país que se caracteriza por lo largo de sus costas y la escasez de sus medios de transporte.

No sabemos, ni queremos saberlo, a que clase de intereses privados podría afectar un plan de construcciones navales de unidades de pequeño cabotaje en Chile. Lo que, especialmente importa en el interés nacional que reviste semejante empresa, por de pronto, vendría a resolver ahora la atroz anomalía de que mientras las papas están perdiéndose en los centros de producción por la falta de medios para transportarla a los centros de consumo, el pueblo chileno se alimenta mal y poco; y debe ponderar, medir y pesar por lo que cuesta, la pequeña porción de papas que echa en la esmirriada y poco suculenta olla cotidiana.

Y no sería grano de comino resolver, aunque solo fuera ese problema: porque también en Chile, las papas son “el pan de los pobres”. Agréguese a eso todo lo otro que podría resolverse y se verá que el tema no deja de ser interesante.

(Artigo publicado no xornal La Hora, en Santiago de Chile,tal día como hoxe pero de… 1943)

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